jueves, 23 de febrero de 2017

La sencillez de las emociones

Existe un equívoco según el cual el buen cine debe ser complejo, poco accesible, cínico y trascendente; idea errónea a la que admito haber contribuido (creedme, sin premeditación) de cuando en cuando. Hoy me he propuesto convenceros de lo contrario.

Hace un par de días escribí una crítica a "Manchester frente al mar" que, más que un concienzudo análisis, era una descarada burla. La razón es que la película está tan empeñada en hacerte creer que lo que ves es triste y que sus personajes tienen traumas sin resolver que, paradójicamente, acaba por causar el efecto contrario. Sí, existen maestros de la psique humana, como Lars Von Trier, capaces de manipularte para hacerte sentir exactamente lo que ellos quieren cuando ellos quieren; pero Kenneth Lonergan, director y guionista de la citada película, está muy lejos de ser uno de estos magos del engaño.

Para ayudarme en mi labor, comparemos la pretendida densidad emocional de las dos horas que dura "Manchester frente al mar" con un mediometraje francés de poco más de media hora titulado "El globo rojo", sorpresivo ganador del Oscar a mejor guión en 1956. En él, un niño encuentra un globo atado a una farola y decide quedárselo. Más tarde, el globo parece cobrar vida y, agradecido, acompaña al joven allá donde va. Esto es todo, sin apenas diálogo de por medio.


Treinta minutos bastan para insuflar vida a un objeto inanimado, a través del cual redescubrimos la felicidad en la sonrisa del niño, el valor de una amistad cómplice, la injusticia en la muerte impostada y la solidaridad que nos redime de ésta. Repito: treinta minutos, un niño y un globo. Podéis disfrutarlo a continuación:


Más allá de cerebrales debates sobre la ética y la estética, el cine es un arte; y como tal, su valor reside en las emociones y la honestidad con la que los transmite. Cuando no existe esto último, es muy fácil ver las costuras del engaño.

martes, 21 de febrero de 2017

Menudo nivel hay en los Oscars este año

Sé que llevo un par de entradas un poco ásperas. Esperaba que la siguiente fuese algo más constructiva, pero ayer fui a ver "Manchester frente al mar", película que la crítica especializada se ha empeñado en presentar como la candidata seria (en oposición a la autoindulgencia y el exceso de "Lalaland") a Mejor Película en los Oscars, y he sentido la urgencia de compartir con vosotros, paso a paso, su dramática historia. Seré lo más breve posible:


Hola, me llamo Chandler y estoy permanentemente enfadado. Tengo un trabajo de mierda, un problema con la bebida y soy grosero.

Me peleo en un bar.

Flashback 1: antes tenía mujer y tres hijas.

Mi hermano fallece.

Flashback 2: mi hermano tenía una enfermedad cardíaca muy grave. Hay un montón de diálogos erráticos cuando se conoce el diagnóstico: es la manera torpe que el guionista tiene de tratar el tema de la comunicación (o la falta de ella).

El tonto que acompañaba a mi hermano al momento de morir dice que cuando lo vio caer desplomado al suelo pensó que era una broma; la típica broma que te gasta una persona con una grave enfermedad degenerativa.

Visito a mi hermano en la morgue y pongo cara de no querer mostrar mis sentimientos, o lo que es lo mismo: no muevo la cara.

Comunico que sigo enfadado.

Ahora voy a ver lo que el notario tiene que decirme sobre el testamento de mi hermano.

Flashback 3: me dejé la chimenea sin cerrar una noche que iba pedo y mis hijas murieron en el incendio.

Montaje dramático, añadimos música clásica a todo volumen. ¿Por qué? Yo que sé, queda más melancólico.

Oportunamente, el notario me informa de que la última voluntad de mi hermano era concederme la tutela de su hijo porque la madre es un poco alcohólica y no parece buena influencia; yo, por el contrario, soy un tío de puta madre.

Principio fundador de este embrollo: ¿El destino me habrá concedido una segunda oportunidad para ejercer de figura paterna?

Flashback insustancial 4

Mi ahijado y yo no nos llevamos bien. Parece que tiene un problema de ira incontrolable, me recuerda a alguien.

Flashback insustancial 5

Mi ahijado es un putero con dos novias. Me pide que le haga la cobertura con la madre de una de ellas para que él pueda cepillársela sin interrupciones; sin embargo, yo no hablo mucho y la pobre mujer se acaba poniendo nerviosa.

Sueño con mis hijas muertas que me dicen que están ardiendo. Mal rollo.

Me emborracho y vuelvo a pelearme en un bar porque soy un gruñón triste. Ésta es la idea que el público hoy día tiene de personaje complejo.

Flashback insustancial 6. A estas alturas, empiezo a pensar que la historia que merecía la pena contar es la que ocurrió antes de que todo el mundo empezase a morir a mi alrededor.

Mi ahijado sospecha que me lo quiero quitar de encima. Tiene razón.

Su madre, la alcohólica que había hecho acto de presencia en el flashback número 2, intenta ponerse en contacto con mi ahijado y le invita a comer. Yo protesto un poco pero no mucho, a ver si hay suerte y me quito el marrón de encima.

Al llegar a la casa de mi cuñada, mi ahijado se da cuenta de que todos son muy siniestros; además, tienen un retrato de Jesucristo presidiendo el salón y rezan antes de comer. No sería una locura pensar que también se fustigan en el jardín después de la siesta.

Mi ahijado vuelve a casa un poco mosqueado. Le digo que se me ha ocurrido ceder su tutela al vecino tonto que creía que mi hermano bromeaba cuando le dio el ataque al corazón. Empezamos a preguntarnos por qué coño hemos contado todo este jaleo si al final no ha habido un cambio de actitud por parte de nadie y tampoco hemos cumplido con la última voluntad de mi hermano.

Ante la imperiosa necesidad de justificar las excesivas dos horas de película, me encuentro de paseo con mi ex-esposa que, a pesar de que ya se ha casado y formado una nueva familia, tiene a bien decirme que aún me quiere. Yo murmuro que no me queda nada en el corazón.

Por fin me he quitado a mi ahijado de encima, aunque de vez en cuando voy a pescar con él. Ah, estoy un poco menos cabreado.

FIN

P.D.: Estáis dándome serios motivos para dejar de pisar un cine, sólo consigo cabrearme más.

lunes, 6 de febrero de 2017

La cultura del ocio

No tenía pensado escribir nada sobre los Goya. La verdad es que, como le pasa a Rajoy, no he visto ninguna de las películas nominadas este año, aunque sospecho que los motivos del presidente del Gobierno son bien diferentes a los míos. Sin embargo, no he podido pasar por alto una entrevista a Juan Antonio Bayona, flamante ganador del Goya a Mejor Director, que me ha generado una carcajada tras otra. Aquí la dejo por si alguien la echa en falta. Vaya por delante que considero a Bayona un cineasta capaz y solvente que, lamentablemente, no ha sabido o no ha querido traducir eso en material de calidad.


La entrevista empieza fuerte, a la yugular. "La cultura debería ser una cuestión de Estado", clama un personaje que no parece conocer la diferencia entre cultura y ocio, entre arte e industria; un personaje cuya opera prima fue una vulgar película de terror con pretensiones y que más tarde pasó a rodar una cinta que convertiría, sin pudor alguno, el trágico tsunami del 2004 en un pirotécnico melodrama (si os digo que la productora es Telecinco es fácil atar los cabos), todo para recreo de unos actores pasados de vueltas. Este año estrenó "Un monstruo viene a verme", y qué quieren que les diga: si me engañas una vez, es culpa tuya; si me engañas dos, es un despiste; si me engañas tres, la culpa ya es mía. A propósito de Telecinco, Bayona comenta en la entrevista que "ojalá todas las cadenas promocionaran (la cultura) con la misma intensidad como Telecinco lo ha hecho". Repito, Telecinco promocionando la cultura. Da miedo pensarlo.

Abre la boca, que hemos venido a darte cultura.

La sorpresa es superlativa (o no tanto) cuando me da por leer las críticas moderadamente positivas que cosecha cada mediocre esfuerzo del director barcelonés. Poderoso caballero es Don Marketing. Cosas como ésta son las que dan coba a los escépticos que hablan de maletines, gremios endogámicos y presiones de las productoras sobre la prensa. En fin, evitemos entrar en terreno conspiranoico y dejemos al pobre Bayona en paz, que bastante tiene con lo suyo (se va a rodar Jurassic World 2 en tres meses para seguir aportando su solemne granito de arena a la cultura).

Hablemos ahora de las nominadas a los Goya. Echo un vistazo a las afortunadas y me encuentro esto: dos thrillers, el biopic de turno, la del monstruo bayonés y el enésimo drama maternofilial de Almodóvar. Ahora hago yo esta pregunta: ¿con qué desfachatez subís al escenario, señores cineastas, a echarnos en cara la falta de interés en el cine patrio? A pesar de las buenas cifras de recaudación este año, seguís sin dar suficientes motivos para ir al cine. Para que nos pongamos en situación, las cinco últimas películas que vi fueron, en este orden: Tomboy (Sciamma), Mommy (Dolan), Los idiotas (Von Trier), Ida (Pawlikowski) y 2046 (Wong Kar-wai). Todas ellas imperfectas, pero excepcionales como ejercicios de estilo y virtuosismo al servicio de historias atípicas; es decir, auténticos acontecimientos culturales. No puedo evitar preguntarme por qué no tenemos voces similares en el cine español, tan originales y creativas.

De acuerdo, mi astuto lector, lo has adivinado: la industria da lo que el público pide. Si el nivel de éste es exiguo, mejor no sacarle de su inopia. Claro que siempre puedes ir a ver pomposos experimentos avant-garde que nadie entiende, pero ¿para qué malgastar tu tiempo y tu dinero en formarte criterio? Ven a ver un thriller, que eso sabemos todos cómo funciona. Cultura, sí, pero para mediocres, que al final es ahí donde está el dinero; de esto sabe mucho Telecinco, la cadena de más audiencia en España.

Poniéndome el disfraz de abogado del Diablo, admitiré que el engranaje industrial es necesario. Diría que es incluso sano que exista la clase de cine preocupado únicamente por llenar las salas, pues no todos pueden ser Kubrick, dotado éste de una excepcional habilidad para convocar al público con sus películas complejas y polisémicas. Tampoco cuestiono, como productos industriales que son, la calidad técnica de las nominadas a los Goya; pero, a pesar de todo esto, se me hace imposible no ver con qué descaro estamos intentando copiar el modelo industrial del cine norteamericano, ése cuyo final atisbé en la entrada anterior. Eso, señores cineastas, no es cultura; al menos no entendida como compendio de obras culturales.

La obra cultural tiene un coste. No está al alcance de todos apreciarla porque requiere criterio y bagaje, dos cualidades que sólo se construyen con tiempo y dedicación, virtudes tan denostadas en la época de la inmediatez que vivimos; sin embargo, el premio es mucho mayor. Una vez adquirimos las competencias necesarias, la cultura satisface inquietudes intelectuales y morales que, de otra manera, nunca surgirían motu propio. Un ejemplo muy concreto: la última película que he mencionado, 2046, tiene una estructura narrativa muy compleja. Pasado, presente y futuro se funden, dando como resultado una historia no lineal. Un malinformado espectador despreciaría semejante engendro y lo calificaría de pseudointelectual. "Vaya ganas de joder con el público", protestaría. Por otro lado, una persona que esté familiarizada con el concepto de monólogo interior (reproducción caótica de pensamientos tal y como surgirían en nuestra mente) y con la relatividad del tiempo respecto a la conciencia (esto último de Henri Bergson), concluiría que la técnica narrativa de 2046 es una genialidad al alcance de muy pocos. Díganme ustedes qué opinión merece mejor consideración.

Querido Bayona, tu cine está aún muy lejos de ser elevado a obra cultural, aunque te consueles pensando que no. La cultura no es lo mismo que el ocio; al menos, no siempre.

Pensando fuerte.

jueves, 2 de febrero de 2017

Y, a pesar de todo, volvemos 

Permitidme escribir esta entrada con algo más de descaro del habitual. Tenía pensada una interesante reflexión sobre los diálogos expositivos, y también tengo aparcada otra sobre la irresoluble disyuntiva que persigue al arte desde la Grecia clásica, ética versus estética; sin embargo, hoy me he levantado torcido y elijo este blog para sacarme la piedra del riñón.

Quiero hablar de la disonancia cognitiva y su relación con el cine. No tengo los suficientes fundamentos psicológicos para profundizar en este fenómeno, pero me alcanzan para comprender su existencia. La disonancia cognitiva es, en términos pedestres, una falta de coherencia entre nuestras convicciones y nuestras acciones. Leon Pestinger, psicólogo estadounidense, fue el primero en definir este concepto, que no trataba sino de buscar una explicación a las conductas irracionales que continuamente manifiesta el ser humano. Aún recuerdo a un profesor de Microeconomía que en cada examen siempre incluía la coletilla "suponiendo que el ser humano es racional". Mucha suposición es ésa.

Una vez definida, ¿qué consecuencia se extrae de la disonancia cognitiva? De nuevo con palabras mundanas, este fenómeno nos compele a aprovisionarnos de razones para justificar esa acción que no es congruente con lo que pensamos. Lo vais a entender muy rápido ahora.

Imaginad que entráis al cine a ver una película que lleváis mucho tiempo esperando a estrenarse, posiblemente porque es la continuación o un remake de otra cinta que os obsesiona. Os sentáis, empieza la película, y dos horas más tarde salís fríos de la sala. Sabéis que algo no ha ido bien, ya sea porque la cinta no ha tenido impacto dramático en vosotros o porque la trama estaba algo floja. Miráis a vuestro compañero y preguntáis: "Bien, ¿no?". Y vuestro compañero responde: "Sí, me ha gustado mucho". ¿Os reconocéis en esta situación? Pero ¿qué es lo que ha pasado aquí?


La explicación es bien sencilla: habéis tomado una mala decisión al invertir vuestro tiempo y dinero en una película que es un truño como un palacio de grande, y queréis que dicha inversión se vea compensada. Os convencéis de que os ha gustado. El problema llega cuando toca admitir que no es verdad. Nos cuesta, ya sea por miedo a ser incongruentes con esa saga que tanto nos apasiona o por quedar como idiotas al haber sido engañados, otra vez, por esa industria empeñada en reciclar viejos iconos del baúl de los recuerdos.

Hablando de la avara industria del cine, ésta no es ajena a vuestra reacción; por ello, la fomenta dándoos exactamente lo que pedís en forma de guiños, referencias o personajes reconocibles, y, de esta manera, ya tenéis una excusa más para autoconvenceros de que no habéis hecho el panoli. Otra vez. Es por esto que aparece Darth Vader en la última de "Star Wars", o Harrison Ford en la nueva de "Blade Runner". Esta barata artimaña es hoy conocida como fan service. Tampoco es la primera vez que la vemos: ahí tenemos el ejemplo de El Hobbit, Batman v Superman o El Planeta de los Simios.


Dejadme ahora que, en un momento de clarividencia, os confirme vuestras vagas sospechas a la vez que os ahorro algo de tiempo y dinero. Aquí os presento una lista con todas las películas que, después de tanta expectativa, acabarán siendo mucho menos de lo que prometen:

-Blade Runner 2
-Power Rangers
-Animales fantásticos y dónde encontrarlos 2
-La Liga de la Justicia
-Wonderwoman
-King Kong 2
-Alien
-Lobezno
-La Bella y la Bestia
-Piratas del Caribe 5
-Jurassic World 2 (dirigida por el español Juan Bayona)

La guinda del pastel, lo habréis adivinado, será la nueva entrega numerada de Star Wars, que el tiempo acabará destrozando como ya le está sucediendo a la anterior, dirigida por el mayor engañabobos de nuestra era, J.J. Abrams, y a la tan vilipendiada trilogía precuela. ¿Queréis saber cómo lo sé? Porque, oh sorpresa, vuestra billetera es el verdadero objetivo de la industria, y, como no es tonta y sabe que el ser humano tiende a ser un poco idiota (perdón, irracional), ni siquiera necesita venderos un producto de calidad; basta con daros una vaga excusa para que vosotros mismos comencéis este proceso de autoengaño que os lleve al cine mañana. Otra vez.


Llegados a este punto, algún que otro lector estará molesto conmigo, bien porque las películas mencionadas sí fueron de su gusto, bien porque se resista a aceptar la veracidad de lo que estoy explicando. Mencionaré que soy el primero que se sintió defraudado cuando comprendió que las películas de Star Wars nunca fueron tan buenas como creí; también el primer desengañado cuando "Interestellar" insultó mi inteligencia y la de toda la audiencia al vendérnosla como la nueva "2001: Odisea en el espacio". Yo también piqué el anzuelo. Sin embargo, he comprendido que mi criterio ha madurado conmigo, y mi ego, ese tóxico compañero de juergas, ya no me impide admitir que me han tomado por tonto. Os toca a vosotros.

Nota: Me concedo ahora incluir una utópica coda para esta entrada. ¿Qué ocurriría si, de la noche a la mañana, el público se cansase de este ciclo? Es posible que una parte dejase de acudir a las salas de cine, harta de tanto timo. ¿Qué pensaría entonces la Warner Bros. al ver que no han recaudado ni la mitad de lo esperado con "La Liga de la Justicia"? ¿Y la Universal, al observar lo mismo con "Jurassic World 2"? Es probable que alguno perdiese su trabajo, sí, pero les obligarían a algo que no quieren hacer: empezar un nuevo ciclo. Empezar conlleva tener dudas, fallar, perder dinero... Pero también implica la llegada de novedades, de nuevos nombres, de reinvención.

Me consuela pensar que estamos al borde de este momento. Creo que no está lejos el día en que las películas de superhéroes no sean un mastodóntico entramado de universos decenales que saturen la taquilla, y pasen a ser un nicho para la audiencia que quiere pasar un buen rato viendo a sus personajes de cómic favoritos cobrar vida. Tampoco está lejos el momento en que los melodramáticos biopics dejen de interesar al público adulto, y la coletilla "basada en hechos reales" ya no sea un cebo comercial.

Esto que vas, parpadeas y ¡pum!: Marvel tiene nueva película.

Por ahí empieza a asomar la cabeza algún que otro proclamado niño prodigio, como Damien Chazelle, autor de "Lalaland", al que parece que le están dejando hacer un poco lo que le da la gana. No comparto el entusiasmo de la crítica por esta película ni por la anterior, "Whiplash"; pero creo que es una buena señal de que el ciclo está por agotarse. Otro precoz virtuoso de Canadá también comienza a despuntar, Xavier Dolan, que con cinco años menos que Chazelle ha escrito y dirigido el triple de películas, muchas de ellas con una profundidad emocional y dramática con la que éste sólo puede soñar. Este año ambos estarán en la ceremonia de los Oscars, aunque en categorías distintas.

A lo mejor, quién sabe, hasta creamos nuevos iconos que sustituyan a los que tanto nos empeñamos en resucitar. Eso nos gustaría, ¿no?

domingo, 22 de enero de 2017

Tres referencias perdidas en Oldboy

En el año 2003, un semidesconocido director surcoreano, Park Chan-wook, rodó una película basada en un manga cuyo relato encajaba bien dentro de la temática vindicativa que él pretendía convertir en trilogía. La cinta, llamada "Oldboy", fue un auténtico éxito en su país y, tras lograr el gran premio del jurado en Cannes (por énfasis de Tarantino, que influyó en la votación), se exportó al resto del mundo, considerándose hoy día una obra maestra.

Mucho se ha hablado de "Oldboy" desde entonces y considero que pocos halagos me quedan a mí por añadir. Sin embargo, tras ojear el manga (bastante mediocre en mi opinión) y descubrir las enormes libertades que el equipo de Park Chan-wook se tomó al filmar la película, me he propuesto compartir una serie de coincidencias más o menos veladas entre la trama de la cinta y otras obras culturales. Doy por hecho que tú, lector, has visto la película; de lo contrario, no sabes lo que te pierdes.


1. De diez a quince años.

En el manga, el protagonista es recluido durante diez años. Me llama la atención que esta cifra cambie en la película. ¿Fue debido a una mera conveniencia del guion? Es posible, pero me inclino a considerar una alternativa.

Antón Chéjov fue un autor ruso conocido principalmente por sus novelas cortas y cuentos. Su obra destaca por la profunda caracterización de sus personajes y el costumbrismo decimonónico. Pues bien, una de ellas, titulada "Una apuesta", narra la absurda disputa entre un banquero y un joven jurista a propósito de la pena de muerte. El abogado estima preferible la cadena perpetua pues, de este modo, se conserva la vida; el banquero considera más aceptable la pena capital, pues una vida de reclusión no es tal. Para demostrar sus diferentes puntos de vista, convienen que el abogado se someta a quince años de clausura en una caseta propiedad del banquero, con la condición de premiarle con dos millones de rublos al término. En mi opinión, el paralelismo entre cuento y película es más que evidente. Aquí dejo un enlace al texto de Chéjov, su lectura no os llevará más de diez minutos.

 

2. Hormigas.

Una de las secuencias más comentadas de la película es aquélla en que las hormigas surgen del brazo del protagonista. Se da por hecho que es la manera en que el director nos muestra cómo pierde la cordura, pero nada es tan sencillo con Park Chan-wook.

Luis Buñuel fue uno de los cineastas clásicos más admirados de la historia. Nacido en Aragón, se le considera el padre del surrealismo cinematográfico, y una de sus obras más conocidas es un cortometraje titulado "Un perro andaluz" en el que colaboró con Salvador Dalí. 


En el minuto 5:10 se muestra cómo las hormigas surgen de la mano de Pierre Batchef, al igual que lo harían más tarde en "Oldboy".


3. La tragedia de Edipo.

"Edipo Rey" es una tragedia clásica escrita por Sófocles en la que se nos narra el infortunio de Edipo, recientemente proclamado rey de Tebas, cuando éste resuelve descubrir quién fue el asesino del anterior monarca. A pesar de los avisos de familiares y súbditos, que le suplican permanecer en la inopia por su propio bien, Edipo descubre la fatal verdad: él fue quien arrebató la vida a su padre, antiguo rey de Tebas, cuando éste viajaba de incógnito; además, contrajo nupcias con su propia madre, siendo a la vez padre y hermano de sus hijos. Al conocer su desdicha, se mutila los ojos y se exilia.

El paralelismo es tan evidente que es fácil rastrearlo en Google. Oh Dae Su, a pesar de ser advertido por su amante y el hombre al que persigue, persevera en su investigación hasta admitir la culpa de un crimen que no recordaba haber cometido. Como castigo, se revela el incesto cometido con su hija y se corta la lengua. Sobra decir que el desenlace de la historia en el manga es completamente distinto. 

Es curioso comprobar cómo el insólito final que todo el mundo aplaude tiene sus raíces en una tragedia clásica milenaria. Por un lado, creo positivo que los autores reescriban la cultura clásica para darla a conocer a una audiencia más joven; por el otro, me apena que la cultura popular haya hecho caer en el olvido estas historias en favor de insustanciales refritos hollywoodienses.


Estoy seguro de haber pasado por alto otras referencias en la cinta (la de los juegos de lucha en 2D la he ignorado deliberadamente, así como otra más explícita al Conde de Montecristo), pero éstas son las que yo advertí con el paso de los años y que espero os animen a profundizar en las obras mencionadas.

domingo, 15 de enero de 2017

Silencio

Resulta curioso cómo el azar y la mercadotecnia han hecho coincidir en cartelera dos películas con tanto en común y, al mismo tiempo, tan diferentes como "Hasta el último hombre", de Mel Gibson, y "Silencio", de Martin Scorsese. Los paralelismos son evidentes: el actor protagonista es el mismo, Andrew Garfield, y ambas narran un viaje de fe en el que se ponen a prueba las convicciones de sendos personajes. De la involuntaria comicidad de la propuesta de Gibson ya hablé la semana pasada, es el momento de hacer el pertinente análisis del intento de Scorsese.

No soy una persona religiosa y carezco de la tentación de poner un apellido a mi falta de fe. La religión, simplemente, no es mi camino. Tampoco soy un fundamentalista del conocimiento empírico y el método científico, pero sí me fascina la existencia del sesgo, parcialidad de la que no está desprovista esta crítica a "Silencio". Confieso mi predilección por Scorsese, un cineasta capaz de hablar a través de la cámara, de comunicar ideas complejísimas con pocos y certeros recursos. "Silencio" no es una excepción, lo que no significa que la considere perfecta: el arranque me pareció mediocre; el desenlace, superfluo. No obstante, no me detendré en sus tropiezos, pues creo no hacen justicia a la obra.


Me he propuesto escribir esta crítica con la seriedad que la película se dedica a sí misma. Ésta nos narra el periplo por el Japón feudal del siglo XVII de dos jesuitas portugueses, Rodrigues y Garupe, en busca de noticias de su antiguo maestro, el cual parece haber renunciado públicamente a su fe por la brutal represión de los inquisidores imperiales. Con la ayuda de un apóstata japonés, consiguen cobijo en un poblado en el que se practica el cristianismo clandestinamente. Rodrigues comienza a observar los primeros detalles que le hacen reflexionar: los nativos parecen más cautivados por los amuletos religiosos y la promesa de un paraíso próspero que por el obsequio de la fe y sus ritos. Aquí advertimos la primera gran diferencia entre las películas de Gibson y Scorsese, y es que, mientras el primero se esfuerza por hacer dudar de su fe a su protagonista, el segundo consigue que la duda nazca por sí sola en la conciencia del joven jesuita. Esto contribuye a su caracterización, impidiendo que el personaje se nos vuelva plano. Rodrigues es un sujeto proactivo, no pasivo.

La segunda gran diferencia entre ambas cintas es su progresión. Las convicciones de Desmond Doss en "Hasta el último hombre" no hacen sino fortalecerse con cada prueba que supera, no así las de Rodrigues, que se tambalean con cada golpe recibido. El suyo es un viaje hacia la renuncia, la negación de los ideales y, finalmente, de la propia identidad; un viaje desde la certidumbre hasta la más completa sordomudez espiritual, en la que la apostasía bien podría ser un acto de amor hacia el prójimo. Quien espere un mensaje evangelizador se va a llevar una sorpresa, pues el silencio que da título a la película no es otro que el de Jesucristo, constante aludido en toda la narración pero siempre mudo. El teólogo Guillermo Juan Morado cometió ese error y salió del cine un poco desconcertado: "No acabo de tener claro lo que ha querido comunicar Scorsese. (...) No creo que la película tenga una completa correspondencia con la fe católica. Estoy convencido, más bien, de lo contrario".


La última y más importante diferencia reside en el tratamiento de la violencia. Mel salpica el escenario de sangre y vísceras con la esperanza de que eso cause algún impacto en el espectador (ya dijimos que en vano, pues sabemos desde el principio que nuestro protagonista no muere). No contento con esto, adereza las imágenes con incesantes estallidos y silbidos de bala que producen poco más que desconcierto al cabo de un rato. En la cinta de Scorsese, las escenas de tortura son una constante, pero su presentación es diametralmente opuesta: secuencias largas, planos estáticos y sonido ambiente, sólo interrumpido por los agonizantes aullidos.

Resulta estremecedor el ingenio de los métodos de tortura japoneses. Qué hijo de puta puede llegar a ser el ser humano. Sin embargo, la película no se percibe con sadismo, pues la mayor parte del metraje es utilizado para mostrar la reacción de Rodrigues frente a la atrocidad. Su desconcierto, su insularidad y su sufrimiento se reproducen en el espectador por obra de un vínculo innato (o no tanto) entre semejantes humanos llamado empatía. La audiencia percibe el conflicto interior del protagonista, tentado a la apostasía, más dolorosa que la tortura en sí.

Decía en el anterior párrafo, entre paréntesis, que suponer innata la empatía es muy heroico. Cuando la película terminó y la luz regresó a la sala, escuché que un chico que tenía cerca comentaba esto con su pareja: "Está bien, pero demasiado repetitiva". Ésta es la habitual valoración de alguien que no se ha enterado de nada. Una película no reincide en ciertos aspectos si no cree que haya algo importante que comunicar al espectador.

A propósito de esto, me llamó la atención las ganas que le quedaban al público de reír tras un buen puñado de atroces torturas. En una escena, el inquisidor japonés nos cuenta una fábula de príncipes y concubinas para explicar lo que supone para el Japón feudal la introducción del cristianismo. Imaginemos un hombre al que le sobran las pretendientas, con la mala suerte de que todas son muy feas; por ello, decide rechazarlas a todas. La audiencia carcajeó divertida. Como si hubiese escuchado las risas a través de la pantalla, el inquisidor persevera en su relato: imaginemos que toda la desgracia no es que las concubinas sean poco agraciadas, sino que son estériles. Ni una risa se oyó entonces. Pongamos ahora nombres a los protagonistas de nuestra fábula: Japón sería el apuesto príncipe; Portugal, España y el resto de países católicos, las infértiles mujeres. La escena termina y doy por hecho que aquellos que rieron la gracia no entendieron lo que el personaje pretendía explicar: el cristianismo es visto por el Imperio japonés como una forma de conquista, una de tipo espiritual; de ahí el peligro que conlleva.

En definitiva, no es una cinta fácil de ver. Es violenta, inteligente y pone a prueba la pericia del espectador con cada fotograma. Soy consciente de que no todo el cine es para todas las plateas, pero, si estás dispuesto/a a darle tu tiempo y tu dinero, descubrirás que la película da a cambio mucho más de lo que exige.



Nota: Como soy tan travieso, se me ha ocurrido buscar la calificación en Filmaffinity de un inocuo musical muy comentado a propósito de la miríada de Globos de Oro que se ha llevado, "Lalaland".

Valoración de Silencio: 6,3.
Valoración de Lalaland: 8,3.

Juzgad vosotros mismos.

domingo, 8 de enero de 2017

Mi problema con Tarantino

Es común que un cineasta, al proyectar su carrera, deba escoger entre dos caminos: la independencia o la comercialidad. La primera augura integridad y reputación, pero le condena al ostracismo y la escasez de recursos; la segunda concede fama y fortuna, a riesgo de tener que poner el culo cada vez que la productora decida que tu trabajo no coincide con su visión comercial. Sin embargo, los hay con la suerte de hacer de su cine un objeto de consumo masivo, gracias a lo cual gozan de los beneficios de ambos circuitos sin padecer sus desventajas.

Tarantino hace lo que quiere, y por ello es tan adorado como despreciado. Sus admiradores lo idolatran por su novedoso lenguaje visual, mientras que sus críticos lo acusan de plagiador, de saquear descaradamente tanto clásicos del cine como cintas caídas en el olvido; es decir, unos consideran que Tarantino ha reinventado el cine, y otros, que simplemente lo ha reciclado. Para mí, éste es un debate sin sentido, pues el director de Knoxville no tiene la culpa de que su tribu de acólitos le haya concedido méritos que no son suyos. Tristemente, el defecto que se suele omitir cuando se habla de Tarantino, y que creo constituye la crítica esencial a su cine, es mucho más subrepticio: Quentin carece de discurso propio. El pecado es aún más grande si se piensa en su obra como "cine de autor".


Primero de todo, es preciso no confundir fondo y forma. El estilo del cineasta es fácilmente reconocible, pero éste conforma el vocabulario de su cine, no su discurso. Intentad responder a esta sencilla pregunta: ¿de qué van las películas de Tarantino? En su cine no hay lugar para la especulación ni para sesudos debates sobre la condición humana; en cambio, Tarantino está aquí para contarte una de gángsteres, otra de artes marciales, otra de nazis y otra de vaqueros. Tarantino, pese al océano de recursos del que echa mano para montar sus películas, no tiene nada que decir. Harmony Korine, el heterodoxo director de "Gummo", trató de resumirlo así: "Cuando estoy viendo algo suyo, es muy divertido, pero después me deja una sensación de vacío".

Frente a lo vacuo de sus propuestas, los puntos fuertes de su cine están a simple vista de todos. La caracterización de sus personajes roza la perfección, consiguiendo que se graben en la retina del espectador. El abuso del diálogo, herramienta externa al medio (recordemos que el cine nació mudo), está justificado aquí por servir a un doble propósito: revela la información justa sobre la naturaleza de sus personajes al tiempo que sorprende a la audiencia por su ingenio. Igualmente destacable es su manejo instintivo de la rítmica cinematográfica, producto de incontables horas delante de una pantalla.

¿Es entonces un defecto tan grande no tener nada que decir cuando se está tan sobradamente cualificado? Para responder, pensemos en el título de este blog, "Risa enlatada". La risa pregrabada es un recurso que se utiliza sobre todo en sitcoms para acentuar momentos cómicos. Ésta es la definición amable, hay otra mucho más perversa: la risa enlatada está ahí para reírse por ti. No es necesario que te divierta lo que ves en pantalla porque la risa ficticia ya te dice que es divertido, y con eso basta. Es una herramienta de manipulación de masas que tiene como objetivo hacer de éstas un sujeto pasivo, no pensante. Siento sonar conspiranoico pero es la amarga verdad.


Tarantino ha hecho de esa pasividad su gran baza. Él hace todo el trabajo mientras tú te encoges en tu butaca y disfrutas del espectáculo. He aquí por qué su cine fascina tanto a la crítica como a la desinformada audiencia: unos elogian sus malabarismos estilísticos y narrativos; los otros simplemente pasan un buen rato antes de irse a la cama. Todos contentos... menos los que, como yo, vemos en Tarantino a un talento desaprovechado, a uno de los cineastas más dotados de la historia sin un solo pensamiento propio.

Uno de los pocos momentos en los que vi a un personaje de Tarantino saltarse los estrictos límites de su trama para comunicar algo fue, paradójicamente, en la que a mi juicio es su película menos lograda junto con "Django desencadenado", "Malditos Bastardos". En su desenlace, Shoshanna Dreifus prepara una cinta con un mensaje para la élite nazi reunida en su cine, donde se proyecta una película sobre un soldado alemán que asesina a decenas de enemigos. La audiencia, que asiste conmovida a la matanza del héroe, ve luego aterrorizada cómo el cine arde en llamas mientras Shoshanna ríe diabólicamente. Estoy convencido que ésta es la velada crítica de Tarantino a la pasividad del espectador, la misma que le inmuniza contra la violencia explícita de sus películas. Él es consciente de ella y, a pesar de todo, la repudia.


Respondiendo a la pregunta que planteé al inicio del quinto párrafo: sí, es grave que la obra de uno de los cineastas más influyentes del mundo sea un claro ejemplo de cine que piensa por ti, que esconde su falta de contenido aprovechando tu pasividad. Hasta me sabe mal escribir estas líneas, Tarantino es un héroe para todos los que vimos "Pulp Fiction" y creímos que el cine nació con ella; pero creo que haríamos bien en dejar la histeria atrás y asumir que no todo lo que toca es oro, aunque él esté convencido que sí.

Nota: "Los odiosos ocho" fue una película que generó reacciones dispares. La mayoría no entendió el pausado ritmo de la película ni logró entrar en su atmósfera. En mi opinión, la cinta tiene lo mejor y lo peor de Tarantino, pero me gustaría destacar su final: tras la ejecución de Daisy, el personaje de Samuel L. Jackson pide al supuesto sheriff que lea en voz alta la carta de Lincoln que, ambos saben, es falsa. Este momento advierte alto y claro de los fingidos valores sobre los que se edifica la puritana sociedad estadounidense. No es sutil y tampoco es perfecto, pero me reconfortó saber que, por una vez, Tarantino tenía algo que decir.