sábado, 15 de abril de 2017

La trivialización de las enfermedades mentales

Vivo en una permanente incredulidad. La desventaja de madurar el criterio es que empiezas a ser incapaz de disfrutar de productos que, en otras circunstancias, hubieras gozado sin mucho esfuerzo; éste es el caso de la película que hoy nos ocupa, "Una historia casi divertida". Os explico la broma: se supone que sería divertida si no fuera porque el tema que trata es muy serio. Hablamos de las enfermedades mentales.


El cine, que para nada suele frivolizar con estas cosas, acostumbra a dividir las enfermedades mentales en dos categorías:

1- Aquéllas que convierten al enfermo mental en un monstruo. Tenemos el mejor ejemplo en la reciente película de Shyamalan, "Múltiple", que habla sobre un hombre con más personalidades que dedos en las manos. Dan ganas de reír si no fuera porque el director oriundo de India se toma muy en serio cada tontería que escribe.


2- Aquéllas que son utilizadas para idealizar una relación, casi siempre romántica. Las reconoceréis porque los enfermos suelen ser más guapos que el ser humano medio. "El lado bueno de las cosas", una payasada por la que Jennifer Lawrence se adjudicó un Oscar, es otro buen ejemplo.


¿Dónde está el problema? Que Hollywood ha conseguido que frivolicemos con los trastornos psicológicos, y para lograrlo ha deshumanizado a aquellos que los sufren. Han conseguido que la audiencia vea entrañable el desorden bipolar, que los trastornos delirantes resulten hasta cómicos y que las tendencias suicidas sean sólo una excusa que añada algo de melodrama a un relato. Por supuesto, ni se te ocurra mostrar un suicidio en pantalla, porque el público es demasiado sensible para tolerarlo.

Fotograma de Mommy, película de Xavier Dolan.

Como decía, "Una historia casi divertida" trata precisamente de esto. Un chaval con tendencia a magnificar problemas típicos de la adolescencia se presenta ante un médico pidiendo ayuda. Tiene fantasías suicidas y teme cometer un error irreparable. Los médicos del hospital deciden darle un escarmiento y lo ingresan en el módulo de psiquiatría, donde conviven personas con dramas mucho más graves que los suyos. Con esto, esperan que el chico coja un poco de perspectiva y comience a relativizar sus ansiedades. 

Hasta aquí puede parecer una premisa interesante. Un usuario de YouTube, cuya opinión no pienso volver a tener en cuenta, recomendó la película y decidí darle una oportunidad. No esperaba "Alguien voló sobre el nido del cuco", y el título de la cinta hedía a emotividad en lata de conserva; pero sí tenía la esperanza de que, por una vez, no recurriesen a las frivolidades de siempre. Basta decir que no fue así.

Como la película no parece tomarse en serio a los enfermos mentales, he decidido que yo voy a hacer lo propio con la película, para lo cual he seleccionado una serie de gazapos que nos den para una carcajada o dos.

1- "¡LLAMANDO A LA CASA DE LOS LOCOS!" 

Ésta es la primera frase que le dedica por teléfono su mejor amigo tras enterarse de que ha sido ingresado en un hospital psiquiátrico. Ya sabéis, la clase de amigos que todos querríamos tener ahí para apoyarnos.

2- En el aula de pintura, el chaval está un poco bloqueado. Una chica, con cortes nada disimulados en la cara y las muñecas, que sugieren tendencias autolesivas, le dice: "Venga va, seguro que hay algo en ese cerebro desquiciado tuyo." El chiste se explica solo.

3- La psiquiatra del manicomio, esa actriz con cara de bulldozer llamada Viola Davis, le suelta esto al chico para explicarle que sus ansiedades son un pelín insignificantes: "Hay un refrán que dice: Dios, dame fuerzas para cambiar lo que puedo, valentía para soportar lo que no, y sabiduría para diferenciarlas". Esto nos da a entender que la psiquiatra confía más en bobos refranes de Facebook que en sus conocimientos como doctora. He aquí el problema habitual al que se enfrenta un guionista cuando escribe un personaje con una profesión que desconoce.


4- "Háblame de tus padres". El chico, un poco alucinado por el derroche de sabiduría en el refrán anterior, le pregunta: "¿Eso lo puedo cambiar?". Ella responde: "No, pero soy psiquiatra, en algún momento tengo que preguntarte por tus padres". Además de psiquiatra es comediante en sus ratos libres. 

5- Suena una versión en piano de "Where is my mind", de los Pixies. Si vamos a meter un cliché, pues metamos el más gordo de todos y cubrámonos de gloria.

6- El chico, que ha redescubierto su pasión por la pintura, dice en una de sus sesiones: "Solía pensar que el arte era burgués y decadente". Casi puedo ver al guionista escribiendo esta frase al ritmo de una canción intensa de Radiohead y con el Manifiesto Comunista al lado, que por supuesto no se ha leído.

7- Una amiga del cole que le mola a nuestro protagonista se acerca a visitarlo y le dice: "Te veo más maduro, no como el resto de chicos con sus estúpidos problemas. Tú estas jodido, pero en el buen sentido". Algo así como Kurt Cobain. 

8- La película quiere que te rías de un señor esquizofrénico que habla con las paredes, y no una, sino varias veces. Ahora lo llaman "humor negro".

Como anécdota, yo he estado encerrado en un vagón del metro de Nueva York con un hombre que gritaba incongruencias a los asientos. Os aseguro que lo último en lo que pensáis es en reíros. 

9- En el desenlace, el protagonista y la chica de los cortes se enamoran y salen del hospital libres de ansiedades y listos para disfrutar la vida y enrollarse (sic) en los parques. Esto estaría genial si no fuera porque... ¿cuándo se ha curado ella? Hablamos de una chica con evidentes compulsiones suicidas. ¿La ha curado él con su melodramático encanto grunge? A mí se me hace más fácil deducir que ella sólo era una excusa para que el prota tuviese su epifanía vital (alerta, heteropatriarcado). Hagamos un ejercicio de reflexión y supongamos que, poco después, esta pareja de prepúberes rompe su relación y la chica averigua que lo único que la mantenía distraída del suicidio era su fijación por él. Imaginad qué ocurre inmediatamente después. 

Ay, Dios mío, es MONÍSIMA.

Os voy a dar un pequeño consejo por si alguna vez oís u os da por abusar del adjetivo "psicológico". En un relato psicológico que se tome en serio a sí mismo, el espectador se sumerge en la psicología del personaje incluso a costa de la propia narración; esto es, sus comportamientos, sus debilidades, sus motivaciones y sus conflictos. Una película no es psicológica porque aparezcan enfermos mentales, porque dé pistas falsas con vistas a un final imprevisto o porque manipule emocionalmente. Recordad que para ser engañado no hay que ser necesariamente ingenuo, sino que basta con permitirlo.

martes, 4 de abril de 2017

La épica del fracaso

Vi aún siendo un niño "Luces de la ciudad", la reverenciada película que Charles Chaplin escribió, dirigió, editó y protagonizó. Era demasiado joven para dejarme fascinar por una película muda y en blanco y negro, más aún cuando, tiempo después, "El gran dictador" me emocionó hasta convencerme de que aquél, y no otro, era su pináculo como cineasta. Con los años, otras cintas como "El chico" o "La quimera de oro" no hicieron sino confirmarme este inconsciente prejuicio.

Esta semana me sorprendí al ver cómo dos directores tan eminentes y crípticos (y al tiempo diferentes) como Tarkovsky y Kubrick coincidieron al referenciar "Luces de ciudad" entre sus películas favoritas. Sentí que me estaba perdiendo algo, y que el tiempo había curtido mi criterio lo suficiente como para apreciar esta película ahora; así pues, me senté a verla de nuevo.


Con el mérito añadido de rodar una película muda en tiempos donde la imagen y el sonido ya se sincronizaban (Charlie decidió incluir una descarada burla a esto al comienzo de la cinta), ésta nos narra las desventuras de un vagabundo de buen carácter, interpretado por Chaplin, que conoce en el mismo día a un beodo ricachón y a una florista invidente. Durante los dos primeros tercios de la cinta asistimos al habitual despliegue de gags humorísticos que caracteriza al cine del director oriundo de Londres.

Sin embargo, algo ocurre en el último tercio de película que torna el asunto en algo más serio y humano. La mujer ciega está a punto de ser desahuciada, y Chaplin, que se ha enamorado de ella, se propone lograr el dinero del alquiler antes del alba. Tras perder su trabajo, decide pedir ayuda a su amigo millonario, que gustoso le presta dinero de sobra. De nuevo, una serie de desdichas acaban convergiendo y Chaplin es acusado de robo tras encontrar la policía el dinero obtenido. Él hace uso de su ingenio para escapar y ganar tiempo hasta entregar a la mujer el dinero. La gran mayoría de cineastas hubieran optado por generar suspense alargando esta secuencia para, finalmente, recompensar a la audiencia con un final feliz; Chaplin, en cambio, nos da un desenlace agridulce.

Él consigue que la mujer reciba el dinero, pero es encarcelado poco después. Pasan los años, y ella no sólo ha recuperado la vista gracias a una milagrosa operación, sino que su negocio ha prosperado y ha abierto una floristería; él, recién excarcelado, camina más miserable que nunca por la calle, pues ni el buen ánimo le queda ya. Es entonces cuando, al otro lado del escaparate, se encuentra con el rostro de la joven que una vez ayudó, pero ella no lo reconoce y se burla de él. La mujer decide salir para regalarle una flor y algo de limosna, pero él entra en pánico al avergonzarse de su indigencia y, lo que es peor, de ser reconocido. Ella lo detiene y, al coger su mano, reconoce al hombre que tiene enfrente. Éste se olvida de su desdicha y responde con una sonrisa traviesa y cándida como la de un niño.

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Y lloramos todos, Kubrick y Tarkovsky incluidos, porque esa sonrisa es la del héroe que, sabiéndose vencedor, no es dueño de la victoria. Tampoco es un mártir ni un idealista, sólo un infeliz que pagó por un crimen que no había cometido para regalar una nueva vida a la mujer que amaba. Los roles ahora son inversos: ella es quien le rescata a él. Y, a pesar de todo, no hay rencor. Su sonrisa desborda felicidad, altruismo y humanidad.

Podría arruinar el final de esta entrada hablándoles de cómo Chaplin y la actriz en cuestión (Virginia Cherrill) no se tragaban el uno al otro; o de la segunda lectura que podría hacerse de la relación entre el fracasado millonario que no puede dejar la bebida y el feliz vagabundo de bombachos rasgados. No voy a hacerlo. Tarkovsky, buen conocedor de las pasiones humanas, seguramente sabía de la honestidad de ese momento final en el que el personaje de Chaplin se lleva la mano a la boca intentando tapar su sonrisa. Qué más da lo demás.

domingo, 12 de marzo de 2017

Trainspotting 2, quién lo iba a decir 

Empecemos por lo que todo el mundo sabe. La película es innecesaria, realizada con el único propósito de pasar la gorra. Danny Boyle hace tiempo que está instalado en la mediocridad, y, salvo Ewan McGregor, el elenco protagonista de la primera Trainspotting ha ido desfilando por productos de dudosa calidad y menor éxito desde entonces. No estamos hablando, pues, de una secuela que se haya demorado por recelos y amor a la cinta original, sino de algo que todos, incluido McGregor, estaban deseando hacer.

Imagen relacionada

Partiendo de aquí, consideremos las aristas más irregulares de la cinta. Ésta tiene una melodía preparada para cada ocasión, y lo que en la película de 1996 era una banda sonora que evocaba con gracia el mundo narrativo del Edimburgo decadente de los 90, aquí se convierte en un interminable videoclip (nota para no iniciados: los videoclips molan, pero están para darle empaque e impulso a la música, nunca al revés). Suspenso.

Hablemos de los encuadres. ¿Recordáis lo novedoso del estilo de Boyle en la cinta original? Bueno, pues hace tiempo que Boyle no sabe qué filma, cómo, ni dónde, y el resultado son unos planos forzados que logran justamente lo contrario de lo que deberían hacer: roban el protagonismo a la emoción que se pretende destilar para dárselo al encuadre. Mención aparte merecen los planos en los que la cámara enfoca directamente a una potente fuente lumínica, obligando al espectador a apartar la mirada por la salud de sus retinas (nota para no iniciados: lo que nunca quieres, bajo ningún concepto, es que el espectador aparte la mirada de la pantalla). Suspenso bajo.

La trama es un caos. Conviven momentos para la nostalgia con cameos forzados, como el de la exnovia de Renton (3 minutos en pantalla), sazonado todo con una subtrama sobre prostíbulos que no va a ningún lado y que sirve al único propósito de juntar a los protagonistas de nuevo. Se sacan de la manga efectistas artimañas (desconozco si procedentes del libro en el que se basa la película o inventadas) para avanzar hasta el clímax, como el robo en el bar protestante o la historia del padre de Frank, del cual, extrañamente, nunca habíamos oído hablar hasta el final de la película (nota para no iniciados: si no quieres que el espectador sospeche que se la estás dando con queso, lo procedente sería tener unos personajes con un trasfondo y unos objetivos bien definidos desde el principio). Suspenso de los que duelen, de dibujar el cero con el compás.

El famoso soliloquio ("elige la vida, elige un empleo...") tiene aquí su versión actualizada, dos punto cero. Lo que falla no es que lo veas venir, que también, sino que difiere del original en su concepto. Mark Renton utilizaba esas palabras al comienzo de Trainspotting para introducirnos en el mundo narrativo de los protagonistas. Su discurso rezumaba sarcasmo, no era una crítica, sino que Mark se estaba burlando de nosotros; es por esto que funcionaba. En esta nueva película, Mark espera hasta el ecuador de la trama para decir no se qué de malgastar la vida en Facebook, novias feas y frivolidades varias durante dos o tres minutos que se hacen eternos. El problema es que dicha perorata se escucha y siente como un sermón, y no es difícil imaginar al guionista en la butaca de al lado susurrándonos todo esto en la oreja (nota para no iniciados: como bien dijo Samuel Goldwyn, "si quieres enviar un mensaje, utiliza el servicio postal").


Y ¿sabéis qué es lo más sorprendente? La película FUNCIONA. No, no bromeo. Con semejante panorama, es casi un milagro; pero aquí estoy, escribiendo unas palabras que me cuesta creer. Puede que haya algo de verdad en el hecho de que la cinta original sea una de las que guardo con más cariño en la memoria, pero no es lo único que rescata del hoyo esta secuela.

En efecto, la película se salva gracias a la nostalgia, sí; el acierto, sin embargo, está en hacer suya esa añoranza en vez de utilizarla como reclamo. Trainspotting 2 sabe que has visto Trainspotting 1, y también sabe que es imposible superar el producto original, por lo que no malgasta esfuerzos en convencerte de lo contrario. La película carece de toda ambición, e incluso se diría que no se toma en serio a sí misma. Tiene, no obstante, algo muy importante a su favor: le basta con presentarte al cuarteto original y dejar que ellos sean los que rememoren aquellos lozanos tiempos pasados. La película puede perfectamente resumirse así:

El elenco: ¿Recuerdas cómo molaba la cinta original?

Tú: Ya ves.

Y esto, querido lector, era todo lo que hacía falta.

jueves, 23 de febrero de 2017

La sencillez de las emociones

Existe un equívoco según el cual el buen cine debe ser complejo, poco accesible, cínico y trascendente; idea errónea a la que admito haber contribuido (creedme, sin premeditación) de cuando en cuando. Hoy me he propuesto convenceros de lo contrario.

Hace un par de días escribí una crítica a "Manchester frente al mar" que, más que un concienzudo análisis, era una descarada burla. La razón es que la película está tan empeñada en hacerte creer que lo que ves es triste y que sus personajes tienen traumas sin resolver que, paradójicamente, acaba por causar el efecto contrario. Sí, existen maestros de la psique humana, como Lars Von Trier, capaces de manipularte para hacerte sentir exactamente lo que ellos quieren cuando ellos quieren; pero Kenneth Lonergan, director y guionista de la citada película, está muy lejos de ser uno de estos magos del engaño.

Para ayudarme en mi labor, comparemos la pretendida densidad emocional de las dos horas que dura "Manchester frente al mar" con un mediometraje francés de poco más de media hora titulado "El globo rojo", sorpresivo ganador del Oscar a mejor guión en 1956. En él, un niño encuentra un globo atado a una farola y decide quedárselo. Más tarde, el globo parece cobrar vida y, agradecido, acompaña al joven allá donde va. Esto es todo, sin apenas diálogo de por medio.


Treinta minutos bastan para insuflar vida a un objeto inanimado, a través del cual redescubrimos la felicidad en la sonrisa del niño, el valor de una amistad cómplice, la injusticia en la muerte impostada y la solidaridad que nos redime de ésta. Repito: treinta minutos, un niño y un globo. Podéis disfrutarlo a continuación:


Más allá de cerebrales debates sobre la ética y la estética, el cine es un arte; y como tal, su valor reside en las emociones y la honestidad con la que los transmite. Cuando no existe esto último, es muy fácil ver las costuras del engaño.

martes, 21 de febrero de 2017

Menudo nivel hay en los Oscars este año

Sé que llevo un par de entradas un poco ásperas. Esperaba que la siguiente fuese algo más constructiva, pero ayer fui a ver "Manchester frente al mar", película que la crítica especializada se ha empeñado en presentar como la candidata seria (en oposición a la autoindulgencia y el exceso de "Lalaland") a Mejor Película en los Oscars, y he sentido la urgencia de compartir con vosotros, paso a paso, su dramática historia. Seré lo más breve posible:


Hola, me llamo Chandler y estoy permanentemente enfadado. Tengo un trabajo de mierda, un problema con la bebida y soy grosero.

Me peleo en un bar.

Flashback 1: antes tenía mujer y tres hijas.

Mi hermano fallece.

Flashback 2: mi hermano tenía una enfermedad cardíaca muy grave. Hay un montón de diálogos erráticos cuando se conoce el diagnóstico: es la manera torpe que el guionista tiene de tratar el tema de la comunicación (o la falta de ella).

El tonto que acompañaba a mi hermano al momento de morir dice que cuando lo vio caer desplomado al suelo pensó que era una broma; la típica broma que te gasta una persona con una grave enfermedad degenerativa.

Visito a mi hermano en la morgue y pongo cara de no querer mostrar mis sentimientos, o lo que es lo mismo: no muevo la cara.

Comunico que sigo enfadado.

Ahora voy a ver lo que el notario tiene que decirme sobre el testamento de mi hermano.

Flashback 3: me dejé la chimenea sin cerrar una noche que iba pedo y mis hijas murieron en el incendio.

Montaje dramático, añadimos música clásica a todo volumen. ¿Por qué? Yo que sé, queda más melancólico.

Oportunamente, el notario me informa de que la última voluntad de mi hermano era concederme la tutela de su hijo porque la madre es un poco alcohólica y no parece buena influencia; yo, por el contrario, soy un tío de puta madre.

Principio fundador de este embrollo: ¿El destino me habrá concedido una segunda oportunidad para ejercer de figura paterna?

Flashback insustancial 4

Mi ahijado y yo no nos llevamos bien. Parece que tiene un problema de ira incontrolable, me recuerda a alguien.

Flashback insustancial 5

Mi ahijado es un putero con dos novias. Me pide que le haga la cobertura con la madre de una de ellas para que él pueda cepillársela sin interrupciones; sin embargo, yo no hablo mucho y la pobre mujer se acaba poniendo nerviosa.

Sueño con mis hijas muertas que me dicen que están ardiendo. Mal rollo.

Me emborracho y vuelvo a pelearme en un bar porque soy un gruñón triste. Ésta es la idea que el público hoy día tiene de personaje complejo.

Flashback insustancial 6. A estas alturas, empiezo a pensar que la historia que merecía la pena contar es la que ocurrió antes de que todo el mundo empezase a morir a mi alrededor.

Mi ahijado sospecha que me lo quiero quitar de encima. Tiene razón.

Su madre, la alcohólica que había hecho acto de presencia en el flashback número 2, intenta ponerse en contacto con mi ahijado y le invita a comer. Yo protesto un poco pero no mucho, a ver si hay suerte y me quito el marrón de encima.

Al llegar a la casa de mi cuñada, mi ahijado se da cuenta de que todos son muy siniestros; además, tienen un retrato de Jesucristo presidiendo el salón y rezan antes de comer. No sería una locura pensar que también se fustigan en el jardín después de la siesta.

Mi ahijado vuelve a casa un poco mosqueado. Le digo que se me ha ocurrido ceder su tutela al vecino tonto que creía que mi hermano bromeaba cuando le dio el ataque al corazón. Empezamos a preguntarnos por qué coño hemos contado todo este jaleo si al final no ha habido un cambio de actitud por parte de nadie y tampoco hemos cumplido con la última voluntad de mi hermano.

Ante la imperiosa necesidad de justificar las excesivas dos horas de película, me encuentro de paseo con mi ex-esposa que, a pesar de que ya se ha casado y formado una nueva familia, tiene a bien decirme que aún me quiere. Yo murmuro que no me queda nada en el corazón.

Por fin me he quitado a mi ahijado de encima, aunque de vez en cuando voy a pescar con él. Ah, estoy un poco menos cabreado.

FIN

P.D.: Estáis dándome serios motivos para dejar de pisar un cine, sólo consigo cabrearme más.

lunes, 6 de febrero de 2017

La cultura del ocio

No tenía pensado escribir nada sobre los Goya. La verdad es que, como le pasa a Rajoy, no he visto ninguna de las películas nominadas este año, aunque sospecho que los motivos del presidente del Gobierno son bien diferentes a los míos. Sin embargo, no he podido pasar por alto una entrevista a Juan Antonio Bayona, flamante ganador del Goya a Mejor Director, que me ha generado una carcajada tras otra. Aquí la dejo por si alguien la echa en falta. Vaya por delante que considero a Bayona un cineasta capaz y solvente que, lamentablemente, no ha sabido o no ha querido traducir eso en material de calidad.


La entrevista empieza fuerte, a la yugular. "La cultura debería ser una cuestión de Estado", clama un personaje que no parece conocer la diferencia entre cultura y ocio, entre arte e industria; un personaje cuya opera prima fue una vulgar película de terror con pretensiones y que más tarde pasó a rodar una cinta que convertiría, sin pudor alguno, el trágico tsunami del 2004 en un pirotécnico melodrama (si os digo que la productora es Telecinco es fácil atar los cabos), todo para recreo de unos actores pasados de vueltas. Este año estrenó "Un monstruo viene a verme", y qué quieren que les diga: si me engañas una vez, es culpa tuya; si me engañas dos, es un despiste; si me engañas tres, la culpa ya es mía. A propósito de Telecinco, Bayona comenta en la entrevista que "ojalá todas las cadenas promocionaran (la cultura) con la misma intensidad como Telecinco lo ha hecho". Repito, Telecinco promocionando la cultura. Da miedo pensarlo.

Abre la boca, que hemos venido a darte cultura.

La sorpresa es superlativa (o no tanto) cuando me da por leer las críticas moderadamente positivas que cosecha cada mediocre esfuerzo del director barcelonés. Poderoso caballero es Don Marketing. Cosas como ésta son las que dan coba a los escépticos que hablan de maletines, gremios endogámicos y presiones de las productoras sobre la prensa. En fin, evitemos entrar en terreno conspiranoico y dejemos al pobre Bayona en paz, que bastante tiene con lo suyo (se va a rodar Jurassic World 2 en tres meses para seguir aportando su solemne granito de arena a la cultura).

Hablemos ahora de las nominadas a los Goya. Echo un vistazo a las afortunadas y me encuentro esto: dos thrillers, el biopic de turno, la del monstruo bayonés y el enésimo drama maternofilial de Almodóvar. Ahora hago yo esta pregunta: ¿con qué desfachatez subís al escenario, señores cineastas, a echarnos en cara la falta de interés en el cine patrio? A pesar de las buenas cifras de recaudación este año, seguís sin dar suficientes motivos para ir al cine. Para que nos pongamos en situación, las cinco últimas películas que vi fueron, en este orden: Tomboy (Sciamma), Mommy (Dolan), Los idiotas (Von Trier), Ida (Pawlikowski) y 2046 (Wong Kar-wai). Todas ellas imperfectas, pero excepcionales como ejercicios de estilo y virtuosismo al servicio de historias atípicas; es decir, auténticos acontecimientos culturales. No puedo evitar preguntarme por qué no tenemos voces similares en el cine español, tan originales y creativas.

De acuerdo, mi astuto lector, lo has adivinado: la industria da lo que el público pide. Si el nivel de éste es exiguo, mejor no sacarle de su inopia. Claro que siempre puedes ir a ver pomposos experimentos avant-garde que nadie entiende, pero ¿para qué malgastar tu tiempo y tu dinero en formarte criterio? Ven a ver un thriller, que eso sabemos todos cómo funciona. Cultura, sí, pero para mediocres, que al final es ahí donde está el dinero; de esto sabe mucho Telecinco, la cadena de más audiencia en España.

Poniéndome el disfraz de abogado del Diablo, admitiré que el engranaje industrial es necesario. Diría que es incluso sano que exista la clase de cine preocupado únicamente por llenar las salas, pues no todos pueden ser Kubrick, dotado éste de una excepcional habilidad para convocar al público con sus películas complejas y polisémicas. Tampoco cuestiono, como productos industriales que son, la calidad técnica de las nominadas a los Goya; pero, a pesar de todo esto, se me hace imposible no ver con qué descaro estamos intentando copiar el modelo industrial del cine norteamericano, ése cuyo final atisbé en la entrada anterior. Eso, señores cineastas, no es cultura; al menos no entendida como compendio de obras culturales.

La obra cultural tiene un coste. No está al alcance de todos apreciarla porque requiere criterio y bagaje, dos cualidades que sólo se construyen con tiempo y dedicación, virtudes tan denostadas en la época de la inmediatez que vivimos; sin embargo, el premio es mucho mayor. Una vez adquirimos las competencias necesarias, la cultura satisface inquietudes intelectuales y morales que, de otra manera, nunca surgirían motu propio. Un ejemplo muy concreto: la última película que he mencionado, 2046, tiene una estructura narrativa muy compleja. Pasado, presente y futuro se funden, dando como resultado una historia no lineal. Un malinformado espectador despreciaría semejante engendro y lo calificaría de pseudointelectual. "Vaya ganas de joder con el público", protestaría. Por otro lado, una persona que esté familiarizada con el concepto de monólogo interior (reproducción caótica de pensamientos tal y como surgirían en nuestra mente) y con la relatividad del tiempo respecto a la conciencia (esto último de Henri Bergson), concluiría que la técnica narrativa de 2046 es una genialidad al alcance de muy pocos. Díganme ustedes qué opinión merece mejor consideración.

Querido Bayona, tu cine está aún muy lejos de ser elevado a obra cultural, aunque te consueles pensando que no. La cultura no es lo mismo que el ocio; al menos, no siempre.

Pensando fuerte.

jueves, 2 de febrero de 2017

Y, a pesar de todo, volvemos 

Permitidme escribir esta entrada con algo más de descaro del habitual. Tenía pensada una interesante reflexión sobre los diálogos expositivos, y también tengo aparcada otra sobre la irresoluble disyuntiva que persigue al arte desde la Grecia clásica, ética versus estética; sin embargo, hoy me he levantado torcido y elijo este blog para sacarme la piedra del riñón.

Quiero hablar de la disonancia cognitiva y su relación con el cine. No tengo los suficientes fundamentos psicológicos para profundizar en este fenómeno, pero me alcanzan para comprender su existencia. La disonancia cognitiva es, en términos pedestres, una falta de coherencia entre nuestras convicciones y nuestras acciones. Leon Pestinger, psicólogo estadounidense, fue el primero en definir este concepto, que no trataba sino de buscar una explicación a las conductas irracionales que continuamente manifiesta el ser humano. Aún recuerdo a un profesor de Microeconomía que en cada examen siempre incluía la coletilla "suponiendo que el ser humano es racional". Mucha suposición es ésa.

Una vez definida, ¿qué consecuencia se extrae de la disonancia cognitiva? De nuevo con palabras mundanas, este fenómeno nos compele a aprovisionarnos de razones para justificar esa acción que no es congruente con lo que pensamos. Lo vais a entender muy rápido ahora.

Imaginad que entráis al cine a ver una película que lleváis mucho tiempo esperando a estrenarse, posiblemente porque es la continuación o un remake de otra cinta que os obsesiona. Os sentáis, empieza la película, y dos horas más tarde salís fríos de la sala. Sabéis que algo no ha ido bien, ya sea porque la cinta no ha tenido impacto dramático en vosotros o porque la trama estaba algo floja. Miráis a vuestro compañero y preguntáis: "Bien, ¿no?". Y vuestro compañero responde: "Sí, me ha gustado mucho". ¿Os reconocéis en esta situación? Pero ¿qué es lo que ha pasado aquí?


La explicación es bien sencilla: habéis tomado una mala decisión al invertir vuestro tiempo y dinero en una película que es un truño como un palacio de grande, y queréis que dicha inversión se vea compensada. Os convencéis de que os ha gustado. El problema llega cuando toca admitir que no es verdad. Nos cuesta, ya sea por miedo a ser incongruentes con esa saga que tanto nos apasiona o por quedar como idiotas al haber sido engañados, otra vez, por esa industria empeñada en reciclar viejos iconos del baúl de los recuerdos.

Hablando de la avara industria del cine, ésta no es ajena a vuestra reacción; por ello, la fomenta dándoos exactamente lo que pedís en forma de guiños, referencias o personajes reconocibles, y, de esta manera, ya tenéis una excusa más para autoconvenceros de que no habéis hecho el panoli. Otra vez. Es por esto que aparece Darth Vader en la última de "Star Wars", o Harrison Ford en la nueva de "Blade Runner". Esta barata artimaña es hoy conocida como fan service. Tampoco es la primera vez que la vemos: ahí tenemos el ejemplo de El Hobbit, Batman v Superman o El Planeta de los Simios.


Dejadme ahora que, en un momento de clarividencia, os confirme vuestras vagas sospechas a la vez que os ahorro algo de tiempo y dinero. Aquí os presento una lista con todas las películas que, después de tanta expectativa, acabarán siendo mucho menos de lo que prometen:

-Blade Runner 2
-Power Rangers
-Animales fantásticos y dónde encontrarlos 2
-La Liga de la Justicia
-Wonderwoman
-King Kong 2
-Alien
-Lobezno
-La Bella y la Bestia
-Piratas del Caribe 5
-Jurassic World 2 (dirigida por el español Juan Bayona)

La guinda del pastel, lo habréis adivinado, será la nueva entrega numerada de Star Wars, que el tiempo acabará destrozando como ya le está sucediendo a la anterior, dirigida por el mayor engañabobos de nuestra era, J.J. Abrams, y a la tan vilipendiada trilogía precuela. ¿Queréis saber cómo lo sé? Porque, oh sorpresa, vuestra billetera es el verdadero objetivo de la industria, y, como no es tonta y sabe que el ser humano tiende a ser un poco idiota (perdón, irracional), ni siquiera necesita venderos un producto de calidad; basta con daros una vaga excusa para que vosotros mismos comencéis este proceso de autoengaño que os lleve al cine mañana. Otra vez.


Llegados a este punto, algún que otro lector estará molesto conmigo, bien porque las películas mencionadas sí fueron de su gusto, bien porque se resista a aceptar la veracidad de lo que estoy explicando. Mencionaré que soy el primero que se sintió defraudado cuando comprendió que las películas de Star Wars nunca fueron tan buenas como creí; también el primer desengañado cuando "Interestellar" insultó mi inteligencia y la de toda la audiencia al vendérnosla como la nueva "2001: Odisea en el espacio". Yo también piqué el anzuelo. Sin embargo, he comprendido que mi criterio ha madurado conmigo, y mi ego, ese tóxico compañero de juergas, ya no me impide admitir que me han tomado por tonto. Os toca a vosotros.

Nota: Me concedo ahora incluir una utópica coda para esta entrada. ¿Qué ocurriría si, de la noche a la mañana, el público se cansase de este ciclo? Es posible que una parte dejase de acudir a las salas de cine, harta de tanto timo. ¿Qué pensaría entonces la Warner Bros. al ver que no han recaudado ni la mitad de lo esperado con "La Liga de la Justicia"? ¿Y la Universal, al observar lo mismo con "Jurassic World 2"? Es probable que alguno perdiese su trabajo, sí, pero les obligarían a algo que no quieren hacer: empezar un nuevo ciclo. Empezar conlleva tener dudas, fallar, perder dinero... Pero también implica la llegada de novedades, de nuevos nombres, de reinvención.

Me consuela pensar que estamos al borde de este momento. Creo que no está lejos el día en que las películas de superhéroes no sean un mastodóntico entramado de universos decenales que saturen la taquilla, y pasen a ser un nicho para la audiencia que quiere pasar un buen rato viendo a sus personajes de cómic favoritos cobrar vida. Tampoco está lejos el momento en que los melodramáticos biopics dejen de interesar al público adulto, y la coletilla "basada en hechos reales" ya no sea un cebo comercial.

Esto que vas, parpadeas y ¡pum!: Marvel tiene nueva película.

Por ahí empieza a asomar la cabeza algún que otro proclamado niño prodigio, como Damien Chazelle, autor de "Lalaland", al que parece que le están dejando hacer un poco lo que le da la gana. No comparto el entusiasmo de la crítica por esta película ni por la anterior, "Whiplash"; pero creo que es una buena señal de que el ciclo está por agotarse. Otro precoz virtuoso de Canadá también comienza a despuntar, Xavier Dolan, que con cinco años menos que Chazelle ha escrito y dirigido el triple de películas, muchas de ellas con una profundidad emocional y dramática con la que éste sólo puede soñar. Este año ambos estarán en la ceremonia de los Oscars, aunque en categorías distintas.

A lo mejor, quién sabe, hasta creamos nuevos iconos que sustituyan a los que tanto nos empeñamos en resucitar. Eso nos gustaría, ¿no?