martes, 9 de agosto de 2016

Tarkovsky está en todos lados

Pues eso.

"La infancia de Ivan", 1962.


"True Detective", 1ª temporada, 2014.






"Sacrifico", 1986.


"Carretera perdida", 1997.






"Nostalgia", 1983.


"Melancolía", 2011.






"El espejo", 1975.


"El árbol de la vida", 2011.


"Las vidas posibles de Mr. Nobody", 2010.





"La infancia de Ivan", 1962.


"The Revenant", 2015.





"Solaris", 1972.


"Anticristo",  2009.


Andrei Tarkosvky siempre mantuvo que, a la hora de rodar, buscaba su propia visión, diferente ésta de la de cualquier otro cineasta. Si rodaba una escena y el resultado le recordaba a otra que hubiera visto antes, la rodaba de nuevo hasta encontrar algo enteramente personal. Paradójicamente, la influencia que su cine tuvo en autores posteriores, referencias explícitas incluidas, es evidente. Lars von Trier le llegó a dedicar su película "Anticristo" al final de los créditos.

La soberbia de Tarkovsky probablemente le hubiera llevado a despreciar tales elogios pero, aún así, estos ofrecen una idea de la veneración y el misticismo que le rodean.

martes, 2 de agosto de 2016

El lenguaje cinematográfico a través de la cámara en "Pulp Fiction"

Las herramientas que el lenguaje audiovisual pone a nuestro alcance a la hora de evocar un sentimiento o narrar un relato son casi infinitas: el escenario, la duración del plano, los intérpretes, los diálogos, la música, los colores, las texturas y un largo etcétera. Sin embargo, el elemento esencial, el que posibilita ese lenguaje, es la cámara. El encuadre de ésta y el montaje posterior son definitivos a la hora de crear un ambiente cinematográfico que nos ayude a sumergirnos en lo que vemos en pantalla.

No obstante, el espectador ocasional tiene tan asimilado el formato cinematográfico que no necesita reflexionarlo cada vez que surge un corte o un cambio de ángulo. Siempre que se respeten ciertas premisas básicas, como la "Regla del eje" o la continuidad de la acción, el público automatiza la sintáxis audiovisual. Bajo esta premisa, se podría afirmar que el buen trabajo de cámara es aquel que no se percibe, aunque ciertos autores como Stanley Kubrick no siempre respeten esto y distraigan al público con zooms o movimientos de cámara extravagantes (esa manía que tienen los genios de pasarse las reglas y convenios por el forro del pantalón).

Un buen trabajo de cámara no se limita a ser invisible, sino que esconde un lenguaje implícito que nos ayuda a comprender a un nivel casi subconsciente lo que está ocurriendo en pantalla. Para explicar mejor esto, he seleccionado una escena icónica dentro de la filmografía de Tarantino: la charla que mantienen Mia Wallace y Vincent Vega en "Pulp Fiction" previa al recordado baile en el Jack Rabbit Slim's. La escena está rodada mayormente mediante una técnica llamada plano-contraplano que consiste en grabar la cara de un actor y repetir la escena grabando al intérprete que da la réplica. En el montaje posterior, se intercalan uno y otro rostro en función de quién hable o qué reacción se quiera mostrar.


Esta herramienta ha sido tan utilizada como despreciada. Los detractores la consideran limitada y perezosa, pues consiste en la repetición de planos de A a B y vuelta a empezar; otros, como los hermanos Cohen, han hecho de ella su seña de identidad, imprimiendo a los diálogos un ritmo muy particular y reconocible. En mi opinión, es una herramienta que puede dar buenos resultados si se utiliza con inventiva y no se abusa de ella.

Esto nos lleva al responsable de la fotografía de la película: Andrzej Sekula, polaco con el que Tarantino también trabajó en "Reservoir Dogs". Quentin es un director que ha admitido en reiteradas ocasiones que nunca estudió cine, por lo que no conocía ni el nombre de los planos ni el lenguaje cinematográfico. En una entrevista promocional para "Django Unchained", reconoció que, antes de filmar su ópera prima, acudió a Terry Gilliam, director y antiguo miembro de los Monty Python, para hablar sobre la labor de un director. Él respondió que su trabajo era explicar una visión, no articularla; en sus palabras y por muy desmoralizante que suene: "contratar a las personas con el talento suficiente para materializar tu visión".

Años después, Tarantino ha tenido tiempo de aprender los entresijos de la cinematografía por medio de los distintos profesionales con los que ha trabajado, pero en "Pulp Fiction" aún era poco más que un novato que escribía guiones satíricos con mucha cultura pop. Por lo tanto, es bastante apropiado suponer que Andrzej Sekula se encargó de la composición y el encuadre de cada plano.


Habiendo dado al polaco el mérito que merece, vayamos a la escena en cuestión. Ésta comienza con Mia y Vincent llegando al lugar y escogiendo el coche/mesa en el que se van a sentar. No obstante, Vincent parece distraído. Su compañero, Jules (Samuel L. Jackson), le advierte en una escena anterior que Marsellus, marido de Mia y jefe suyo, había arrojado a un hombre por la ventana sólo por masajearle los pies a su mujer. Evidentemente, Vincent no quiere cometer el mismo error. Rápidamente aparece el camarero que, por si no habíais caído, está interpretado por Steve Buscemi.


La escena da inmediatamente una sensación de abarrotamiento, saturada de elementos. Los tres actores están muy juntos unos de otros, mirando hacia abajo, y el espectador no sabe bien sobre cuál de ellos centrar la atención. Tres son multitud. Cuando el camarero abandona la escena y Mia despeja los menús de la mesa, la cámara se sitúa en medio. Vemos entonces a ambos personajes a cada lado no sólo de la mesa, sino de la pantalla, en el que será el plano más utilizado. Tanto él como ella miran al lado opuesto donde se encuentra su espacio negativo (la información contenida entre el sujeto principal y el marco de la imagen), para dar mayor sensación de aislamiento.



Tras realizar el pedido, Vincent comienza a aislarse y se lía un cigarrillo. Mia no es ajena y le pide uno, a lo que Vincent responde regalándole el que acaba de preparar. ¿Qué ocurre entonces? Él se acerca a encendérselo y ambos entran en el plano del otro. 



Éste será el único momento de verdadera y sincera conexión entre ambos durante toda la cena, sugerido por la leve intromisión de uno y otro en la pantalla. Vincent no pierde el tiempo y vuelve a centrarse en sus cigarros de liar. Ambos pasan entonces a hablar de un episodio piloto que Mia realizó tiempo atrás, y vemos esto:



La cámara se ha acercado al rostro de Mia hasta componer un primer plano, mientras que Vincent permanece en plano medio, desde la cintura a la cabeza. Nos da una pista sobre la coyuntura del diálogo: el personaje de Uma Thurman lidera la conversación y su rostro se hace más grande en la pantalla, mientras que Vincent escucha y está un poco a lo suyo. Entonces, él realiza una pregunta fingiendo curiosidad. ¿Cómo hace esto? Reclinándose sobre la mesa mientras apaga su cigarrillo, en lugar de dejar que la cámara se acerque a él. Vincent "entra" en la conversación.


Ambos están ahora al mismo nivel. Están conectando, pero rara es la vez que realizan contacto visual y ninguno termina de entrar en el plano del otro como ocurriera antes, por lo que sigue habiendo cierta distancia. Lamentablemente, el camarero regresa a escena para traer sus bebidas, la tensión se rompe y la cámara vuelve a su posición natural, a la altura de la mesa.


La siguiente perspectiva es curiosa. Abandonamos la mesa para situarnos tras el camarero; la cámara grabando con cierta agitación, como si estuviera sujetada con la mano. Son sólo un par de segundos, pero bastan para que se aprecie. Realmente, no encuentro ninguna fundamentación a esto salvo una: esa toma formaba parte de un plano maestro. Ésta es una secuencia que se graba de forma continuada y sin cortes, y que sirve como viga maestra de la escena. En la sala de montaje es posteriormente enriquecida con distintas tomas y, en ocasiones, ni siquiera se llega a utilizar. Mi hipótesis es que el editor del film, el director, o ambos vieron una falta de continuidad en la escena o no estuvieron satisfechos con lo grabado, así que utilizaron el plano maestro que luce algo descuidado y que es el que aparece finalmente en la película. 


Volvemos a Vincent, que pide permiso para sorber del batido de Mia, ésta accede, y regresa la conexión entre ambos. Esta aparentemente insustancial escena resume perfectamente la dinámica de la relación entre Mia y Vincent. Él no está cómodo utilizando la pajita de ella, lo considera un gesto íntimo que le retrotrae a su discurso sobre los masajes en los pies, al comienzo de la película. Mia quita hierro al asunto y le convence para reutilizar la suya.



Cuando el personaje de Travolta le devuelve el helado, la perspectiva cambia. La cámara abandona su posición interna y "sale" de la conversación. Ahora vemos los perfiles de Mia y Vincent en lados opuestos de la pantalla. Esto busca conferir una sensación de aislamiento, resaltando y amplificando la distancia entre ambos. Vincent no parece preocupado por ello y mira hacia su alrededor, mientras que Mia no está contenta: mira fijamente a su acompañante buscando la manera de romper ese vacío entre ellos.



Después de varios segundos y un par de cortes, es entonces cuando Mia pronuncia su célebre discurso sobre los silencios incómodos. Su diálogo responde perfectamente a la desconexión entre los personajes, buscada por la cámara. Vincent evita la cuestión haciendo hincapié en que se acaban de conocer. Ella entonces lo deja pensando algo interesante que decir y se marcha al aseo a meterse una buena pala de cocaína. Cuando regresa, mantienen una pequeña charla sobre cultura cinematográfica (el pobre Quentin no lo puede evitar) mientras Mia se come la hamburguesa. 


Es entonces cuando ella pregunta si ha elegido tema de conversación, a lo que él responde que sí, siempre y cuando ella no se ofenda. Pasamos a esto:


Ella claramente no quiere prometer algo así. Digamos que Vincent ha dado un "mal paso", y ella se ha mosqueado. La cámara reproduce esto alejándose del rostro de Mia, de la misma manera que ella se aleja de Vincent. Él murmura la palabra "olvidémoslo" mientras la cámara enfoca desde una nueva perspectiva:


¿Qué ocurre aquí? Vincent se hace consciente de su metedura de pata y recula. Mia entra ahora en el plano, pero no de una manera afectiva y natural, sino que invade el espacio de Vincent. En la escena en la que él le ofrecía fuego, sólo veíamos la silueta de Mia inclinándose hacia él. En esta nueva perspectiva, su espalda entra completamente en el plano, y da la sensación de que Vincent está acorralado. Ella, sin embargo, le concede una nueva oportunidad y él pregunta sobre el hombre que Marsellus lanzó por la ventana. 


La perspectiva de la cámara regresa a la normalidad y Vincent ocupa todo el plano. Tras explicar el rumor en su totalidad, Mia permanece incrédula y reacciona en un tono sermoneador.


Ahora la cámara está detrás de Vincent. Sin embargo, esto puede dar lugar a una lectura errónea. No parece que Vincent esté invadiendo el plano de Mia, de hecho, ambas siluetas nunca llegan a tocarse, al contrario de lo que sucedía cuando era ella la que tenía la cámara a sus espaldas. Él adopta una postura defensiva en todo momento y ella continúa regañándolo. Esta perspectiva responde a una razón mucho más sutil: ponernos en la piel de Vincent. Parece como si Mia nos intimidase directamente a nosotros. Cuando la charla termina, un empleado caracterizado como Ed Sullivan anuncia el comienzo del torneo de baile, y la cámara persiste en esta perspectiva.


Mia eleva su tono y resulta aún más amenazadora cuando coacciona a Vincent para bailar, mencionando las órdenes de su marido. El último plano nos deja con un divertido Vincent solo en la mesa, dispuesto a seguir a Mia al escenario.


Es entonces cuanto acontece el baile, y el resto es historia. Sin embargo ¿qué inferimos de la escena que acabamos de analizar? Una contundente declaración de intenciones: un Vincent contenido es reticente a intimar con Mia por temor a la ira de su jefe; le sigue el juego, pero evita su mirada y permanece refrenado tanto como puede. Esta frustración es obvia más tarde, cuando se encierra en el lavabo de la casa de Mia y habla consigo mismo, resolviendo volver a su apartamento a pelársela. Por su parte, la esposa de Marsellus, ya sea por una pueril intención de provocar o por un genuino deseo hacia Vincent, trata constantemente de seducirlo y conectar con él. A pesar del trágico final del personaje de Travolta en la película, es una escena realmente tierna en la que ambos lo pasan bien y ganan un trofeo de baile.

Antes de terminar, me gustaría aclarar que en esto del lenguaje visual no hay nada escrito en piedra. Ésta ha sido sólo mi interpretación de la escena, basada en incontables horas delante de una pantalla analizando películas en busca de patrones. Es cierto que existen determinadas reglas en el cine cuya eficacia está comprobada y se reutilizan constantemente (los clásicos Modos de Representación Institucional de Noël Burch), pero un cineasta con imaginación podría romperlas con facilidad y crear un lenguaje visual nuevo. 

Lo que sí puedo asegurar es que un buen profesional no deja nada al azar. Si a alguien le pareciese forzado o rebuscado el análisis de esta entrada, estaría incurriendo en un error, pues cada fotograma tiene su razonamiento y su lectura, proporcionando ciertas pistas al espectador aunque éstas no sean fáciles de ver a la primera. Por tanto, es discutible la interpretación, pero no su existencia.

Espero que hayáis disfrutado tanto como yo haciéndolo y os animo a realizar el mismo ejercicio con las películas que más os gusten.

lunes, 1 de agosto de 2016

Los límites del uso legítimo (parte 2)

Resucito brevemente esta entrada para comentaros con mucha satisfacción que Lewis Criswell, dueño del canal de vídeo-ensayos Channel Criswell en los que analiza películas y autores, ha salido victorioso de la demanda por uso ilegítimo de material protegido por derechos de autor. Podéis leer la historia completa aquí: Los límites del uso legítimo.

Lewis ha subido un vídeo informativo a su canal en el que relata, sin entrar en muchos detalles, cómo logró contactar con FUPA (Fair Use Protection Account), una entidad dependiente del despacho de abogados Morrison/Lee que se dedica a este tipo de causas relacionadas con la propiedad intelectual. Ellos, según Lewis, mantuvieron un contacto permanente con él y fueron muy comprensivos incluso a la hora de satisfacer sus honorarios, algo necesario por cuestiones derivadas del pago de impuestos, pues, para que FUPA corriese con los gastos, debían iniciar un proceso que se hubiese dilatado en el tiempo para finalizar ya demasiado tarde. El caso se alargó más de lo esperado, y desde FUPA tuvieron la consideración de cubrir el exceso de honorarios derivado del atraso. La demanda fue finalmente desestimada y Lewis, que reconoce que se ha quedado sin blanca, está contento de poder seguir con las actividades en su canal sin preocuparse de demandas abusivas.

Finalizo recomendando a FUPA, que, en el caso de que alguno de vosotros tuviese problemas de índole similar, parece que tienen experiencia y han sabido solventar litigios similares.

 

domingo, 31 de julio de 2016

¿Para qué o para quién se hace una película?

Hace unos días me senté a ver la mesa redonda que protagonizaron a finales del año pasado una serie de directores de amplia reputación y prestigio. Los participantes fueron: Quentin Tarantino ('Pulp Fiction'), Tom Hooper ('The Danish Girl'), Alejandro G. Iñárritu ('The Revenant'), Ridley Scott ('Alien'), Danny Boyle ('Trainspotting') y David O. Russell ('Joy'). Todos ellos se sentaron a charlar durante algo más de una hora sobre diversas cuestiones y no faltaron anécdotas y risas. El moderador propuso ciertos temas e intentó enfrentar las distintas perspectivas de cada uno de ellos, aunque no puedo evitar pensar que la oportunidad de ver junta a tanta gente competente quedó algo desaprovechada. La voz cantante la llevó indudablemente la dupla Tarantino-Ridley Scott, con un Iñárritu muy participativo aunque algo machacón, mientras que la presencia de Danny Boyle y Tom Hooper pasó a ser casi testimonial.

No obstante, al poco de comenzar el debate, Ridley Scott califica el cine de Tom Hooper como "high-brow", término que podría traducirse como elitista o de alta cultura. Tom Hooper reflexiona que él no hace películas para sí mismo, puesto que "para el momento en el que terminas una película, la has visto tantas veces que sólo buscas la misma frescura que experimenta el que la ve por primera vez", por lo que concluye que él hace cine para la audiencia, anticipándose a la reacción de ésta.

Ridley Scott interrumpe apresurado para estampar su particular cátedra cual sello de correos: "yo siempre hago películas para mí mismo". El moderador tiene la presteza de preguntar a Iñárritu su opinión, a lo que él responde con la misma retórica que insufla a sus películas: "como especie, los seres humanos nos reflejamos unos en otros. Si mañana una bomba atómica extinguiese la humanidad y yo fuera el último superviviente, ¿para qué haría una película? ¿Para verla yo solo? El cine nace de nuestra necesidad de expresar, de comunicar." Me quedé con ganas de oír a Tarantino manifestarse al respecto, aunque, sabiendo que él es uno de los pocos directores en el mundo con el respaldo financiero y la libertad creativa para hacer lo que le venga en gana, su posicionamiento resulta más que evidente.



El debate continúa su curso y esta cuestión, tristemente, no reaparece. Desde mi punto de vista, la considero no sólo fundamental, sino una pregunta que todo creativo, sea cual sea su campo, se plantea en algún momento: ¿para quién o para qué hago yo esto? Existe una disyuntiva clara sobre la que la gran mayoría se posiciona: unos dan preferencia a la audiencia, a la comprensión y el reconocimiento del consumidor; otros, a sí mismos como artistas.

Cuando Tarantino se planta con sus huevos toreros y se asocia con Robert Rodríguez (discutido talento donde los haya) para rodar un homenaje al cine de serie Z llamado "Grindhouse", evidentemente ambos sudan de la opinión de críticos, audiencia e industria. Después llega otro como Iñárritu y te dice que bueno, que sí, pero sólo porque sus pretensiones artísticas y comunicativas se lo piden. Otros, perfeccionistas como Tom Hooper, acaban hasta el higo de tragarse una y otra vez su propia película y deciden que total, la cosa está bien como está y mejor no tocarla más. Y alguno hay, como el humildísimo Ridley, que capaz es de pasearse por el set de rodaje con la bragueta desabrochada y la genitalia desbordada preguntándose qué clase de gente osa ver sus películas; porque claro, la cosa va de que él las disfrute en su Home Cinema al que, por cierto, no nos ha invitado.

Uno no puede evitar tirar de sarcasmo para desmenuzar cada uno de estos puntos de vista. Tarantino no podría hacer lo que hace si no tuviera a los hermanos Weinstein besando el suelo que pisa; Iñárritu no sólo se pierde en su retórica cuando filma una película, sino que, menuda sorpresa, también se pierde en ella cuando habla; Tom Hooper me parece honesto en su reflexión, pero no acertado; del ego de Ridley que hable Ridley.


Y yo, humilde y lozano, que aún estoy por aprender a coger una cámara, también tengo una opinión. No solo eso, tengo un blog, que no balas. Tampoco las necesito porque, en mi inopia, la respuesta es mucho más equidistante y moderada que la de los arriba mencionados: yo creo que el creativo se debe a su obra. Hablo de la misma dedicación que Tarkovsky sentía cuando decidió que huir de su Rusia natal, dejando un hijo allí, era la única manera en que podría seguir haciendo cine. El cineasta se debe a su cine como el pintor a su pintura, y el propósito último debería ser que su obra fuese lo mejor que pudiera llegar a ser. La razón es sencilla: el artista acaba por marcharse, el arte permanece siempre. Ridley puede pensar que su obra nunca lo sobrevivirá a él, pero lo cierto es que yo supe de la existencia de un bicho verde llamado Alien mucho antes de ver su barba pelirroja. En cuanto a Tarantino, llevo años pensando que, desde Kill Bill, él no hace cine, sino tarantinadas (aclaro que, en contra de una mayoría enfurecida, "The Hateful Eight" me parece lo mejor que ha hecho desde que comenzó el siglo). No dudo que él se lo pasa en grande escribiéndolas y rodándolas, pero la autocomplacencia es uno de los achaques más nocivos que puede sufrir un artista. 

Asimismo, un creativo no debería sentarse en la sala de montaje pensando en la audiencia. Es cierto que sería irreal no asumir que el cine, como toda industria, es un producto dirigido a un público que lo consume, pero existe un término medio entre sentarse a escribir una película en la que se toma por tonto al espectador y se le da todo mascado (Nolan, Nolan, Nolan, Nolan), y rodar algo completamente ininteligible.

En conclusión, el cine es un arte, y el arte está por encima de los egos y los colectivos que se empeñan en adulterarlo. El trabajo del artista, independientemente de la magnitud de su talento, es no olvidar eso. 

Hablando de talento.

martes, 5 de julio de 2016

El Renacido, la película fallida de Iñárritu

Hace unos meses, acudí el cine a ver la nueva cinta del director mexicano con cierto recelo. Iñárritu ya no tenía que demostrar nada. En películas como "Amores perros" y "21 gramos" había manifestado un formidable dominio de la narrativa, con el añadido de dificultad que tiene el montaje de ese género fílmico de tramas cruzadas. Con "Babel", aunque también notable, ya demostró cierta artificiosidad y tendencia a excesos, lo que no hizo más que quedar patente en su siguiente largometraje, "Biutiful". Empero, los excesos de los que hablo no son producto de un copioso presupuesto o de contar con muchos medios, sino de un forzado drama, una necesidad teatral de presentar las miserias de unos personajes con un gran bagaje emocional detrás. El experimento que fue "Birdman", con la cual recibió el premio de la Academia a la mejor dirección, no hizo sino resaltar esta flojera.

Con esto, la idea de poner a Iñárritu al frente de una historia de venganza y tragedia con un presupuesto de superproducción no parecía ser la mejor. Además, contar con DiCaprio (que como ya dije, bascula hacia la sobreactuación) como reclamo para el público más casual no hacía más que disparar todas las alarmas.

Como doy por hecho que, a fecha de hoy, una gran mayoría de público acudió a ver la película, comentaré qué fue lo que no funcionó en ella, comenzando por el título. Me explico. En inglés, la palabra revenant puede traducirse como "el que regresa" (de la muerte, se presume). En su traducción hispana, el concepto es básicamente el mismo. Es ésta la idea que la película, de forma excesivamente reiterada, se esfuerza por poner en la mente del espectador. Varios ejemplos:

-El personaje de DiCaprio saliendo de la tumba a la que Tom Hardy lo ha arrojado.


-Su periplo río abajo, aludiendo al bautizo.


-Esta es bastante más evidente: DiCaprio emergiendo del vientre de su caballo, en el que se había refugiado para retener el frío. Simboliza el parto.


-Si la anterior era obvia, la siguiente es tan sutil como una hostia con la mano abierta.


Queda claro que Iñárritu, con todas sus virtudes, no es el maestro de la sutileza. Las alegorías visuales funcionan cuando quedan repartidas a lo largo de la película como un acertijo a resolver, pero la solución a éste ya la sabemos con sólo mirar el cartel de la película y leer: "EL RENACIDO".

Hablando de la fuerza visual de las imágenes, otra pega. El encargado de la fotografía en la película, Emmanuel Lubezki, ya había trabajado con Iñárritu en "Birdman", consiguiendo en ambas el Oscar a la mejor fotografía. Para esta película, despliega una galería de imágenes panorámicas de una belleza incuestionable, contrapuestas con la cercanía de la cámara a los actores cuando toca narrar la trama. Éste es un juego de oposiciones con el que ya experimentó el cineasta ruso Serguei Eisenstein en "El acorazado Potemkin", allá por 1925. Viene a ser esto:


Versus esto:


El espectador siente que casi puede tocar lo que hay en pantalla. Creo que esto es, puntualmente, un acierto, haciéndonos partícipes de la trama al tiempo que nos hace comprender que, frente a la naturaleza, el hombre y sus aflicciones son insignificantes. El problema es, de nuevo, el abuso que se hace de este recurso en la película, buscando el impacto visual. Las imágenes son bellas, sí, pero desde los primeros compases de la película ya hemos entendido la sintaxis; el resto sólo añade metraje innecesario. Una trama de venganza bastante simple que podía haber sido rodada en poco más de hora y media se convierte en una galería paisajística de casi tres horas que no añade nada a la trama. Iñárritu se pierde en su retórica y no comprende que más no siempre es más. 

Pero no todo podían ser defectos. Como ya he dicho, la película busca en todo momento la cercanía del espectador a los personajes. En este sentido, el último plano de la película en el que Leo mira a cámara me sugiere dos cosas. La primera, un personaje abatido que, habiendo obtenido su venganza, ya no tiene motivo para vivir; la segunda es mucho más enrevesada. Hoy en día, es algo muy poco común en el cine comercial dejar que la cámara acompañe en todo momento cuando una escena trágica o desagradable acontece. La tendencia siempre es recortar la escena o edulcorarla con música. Entiendo que el público casual no quiera pagar una entrada para sentirse incómodo frente a una pantalla de cine, pero de esta manera se pierde la gran carga emocional de la película. Iñárritu es lo bastante valiente para mostrarnos lo que ocurre tal y como sucede. DiCaprio rompe la cuarta pared y nos mira porque sabe que hemos sido testigos de su odisea y, lo que es más importante, nos lo hace saber.


Siguiendo con el apartado visual de la película, el ataque del oso a nuestro héroe es el momento en el que comienza su peregrinaje hacia el renacimiento. Esta violenta escena fue muy elogiada por su proeza técnica, y con razón. Aparte de los gestos de sufrimiento de DiCaprio, los efectos digitalizados son los protagonistas de esta escena; y mientras que unos puedan pensar que esto era necesario para filmarla (no vale la pena arriesgar la salud de un actor que vale millones poniéndolo frente a un oso de verdad), yo no estoy tan seguro.

Recordemos que la película busca en todo momento el realismo. Con este propósito, la cinta fue rodada con luz natural (un verdadero dolor de cabeza al estar la filmación supeditada a las condiciones atmosféricas), en localizaciones vírgenes y con un DiCaprio aguantando el frío y comiendo hígado de bisonte. Los efectos digitales no tienen cabida en ese universo de hiperrealismo, por la simple razón de que la tecnología aún no ha logrado emular la fisicidad de los objetos reales. Los espectadores sabemos en todo momento que el oso que ataca a DiCaprio está computerizado, al igual que la caída por el barranco de su caballo y la manada de bisontes. Esta fue una mala elección a la hora de concebir el proyecto, porque genera un sentimiento contrario al que busca la película: que la audiencia se sumerja en la trama.

¿La alternativa? Esto es cine, señoras y señores. Aquí cabe cualquier solución, siendo una de las normas no escritas más longevas del séptimo arte la de sugerir en lugar de mostrar. El ataque podría haber estado inferido de mil maneras distintas sin poner a DiCaprio enfrente del oso o tener que digitalizarlo.



La necesidad de mostrar más de lo necesario nos lleva a otra mala decisión: los planos secuencia. Iñárritu pareció cogerles el gusto en "Birdman", y la película comienza con una espectacular secuencia sin cortes (trucada, imagino) en la que el asentamiento de los protagonistas es atacado por un grupo de indígenas. La proeza de la coreografía está fuera de toda duda, sin embargo, yo prefiero distinguir dos tipos de planos secuencia:

1. Los que sirven a la trama. Son aquellos que están filmados con un propósito narrativo, con tanta naturalidad que el espectador no se percata en ningún momento de que no hay corte. Se puede pensar en ellos como la mejor manera en la que una secuencia podía haberse grabado, como si la escena misma lo pidiese. El cine de Tarkovsky, al que aludiremos más adelante, está plagado de ejemplos.

2. Los que sirven al espectáculo. Aquí la trama tiene una importancia secundaria: puede que avance, pero el plano secuencia esta ahí para que alucinemos con él, no para que entendamos qué está ocurriendo. De hecho, en este tipo de secuencias, es muy común que no seamos capaces de percibir mucho de lo que sucede en pantalla porque nuestra mirada está tan confusa que no sabe dónde pararse.

La escena con la que se inicia la película pertenece a esta segunda generalización. No es que haya nada de malo en ello, pero me es imposible no pensar que esa secuencia podía haberse filmado de otra manera menos espectacular y más nítida. La cámara pasa de un sujeto a otro, y, para cuando la acción ha terminado, el espectador no es capaz de recordar la mitad de lo que ha visto.

Ahora bien, alguien podría argumentar que ésa es precisamente la intención: evocar el caos. Pudiendo ser cierto, pienso que es mucho más efectivo dar unos segundos al público para que respire y entienda que lo que hay en escena es precisamente eso, caótico. De otra manera, está demasiado ocupado intentando seguir todo lo que ocurre en pantalla y no tiene tiempo de reflexionarlo.


En cuanto a las alusiones al cine de Tarkovsky, es una anécdota que ha generado mucha polémica. Andréi Tarkovsky fue un director ruso que sólo filmó siete películas a lo largo de su carrera, todas ellas clave en la historia de la cinematografía y tremendamente fascinantes para cualquier entusiasta del cine. Sus largometrajes son desconocidos para el público general por ser densos y abstractos, pero parece que no para Iñárritu. Las referencias en "The Revenant" son evidentes, así que corresponde al lector juzgar entre apropiación y homenaje. En mi opinión, hay un poco de ambas. Un homenaje es una referencia puntual y disimulada, pero Iñárritu se sirve de muchas de las ideas visuales del director ruso para contar su particular odisea.


Por último, me gustaría mencionar las cualidades benévolas con las que dotan al personaje de DiCaprio para hacerlo más atractivo y que son más evidentes en el desenlace de la película. 
Nuestro protagonista vive una aventura repleta de miseria y sufrimiento con el único móvil de la venganza. Sin embargo, cuando al fin está al alcance de sus manos, no liquida al asesino de su hijo; en su lugar, lo arroja a un riachuelo y deja que los indígenas decidan qué hacer con él. Esto requiere una altura moral que gusta mucho a los productores de Hollywood, aunque ellos no sepan muy bien de qué va esto de la moral. No obstante, la razón es clara: que el público simpatice con nuestro héroe y su tragedia en detrimento de su credibilidad, porque nunca se nos cuenta muestra cuál es el motivo de este cambio de actitud.

Estos son detalles menores que no deslucen la película pero que procede señalar. En conclusión, "The Revenant" es una cinta correcta en la medida en que hay una gran cantidad de buenos profesionales que trabajaron en ella e hicieron una labor magnífica, pero es una película tan irregular como el talento de su director, que en ningún caso fue esta vez merecedor del premio de la Academia aunque ése fuera el reclamo generalizado. En mi opinión, las pretensiones de Iñárritu y su equipo a la hora de insuflar trascendencia y lirismo son inefectivas porque, entre otras cosas, la trama da para muy poco. Presiento que la película, dentro de unos años, será recordada como aquélla por la que DiCaprio recibió un Oscar y no por los méritos cinematográficos de la misma. 


Edito: Año y medio después, reviso esta crítica y me siento obligado a aclarar que comparto ciertas cosas; otras, no tanto. Por ejemplo: sigo creyendo que la película tiene mucho de galería gratuita, pero me importa menos que sirva o no a la trama. No obstante, no reescribiré la entrada por un simple criterio de honestidad.